
Hace seis años, Gorillaz de Damon Albarn redefinió el significado del proyecto musical paralelo. Hasta esa fecha, la noción que se tenía sobre este concepto era el de una aventura hacia universos sonoros poco ortodoxos, y propios claro del derecho a venir de una banda consolidada, sin mayores cuentas ni presiones comerciales que rendir a la crítica, como lo era Blur. Sin embargo, escapando a esta regla general, Gorillaz (2001) en su disco debut, vendió más de seis millones de discos (el equivalente en un año a lo que Blur había logrado en diez!!), catapultando a esta banda virtual a la presión de continuar del lucrativo esquema música/animación, a expensas de la muerte del Brit Pop.
Naturalmente nos referimos a términos netamente comerciales, aunque este trabajo, en su conjunto, haya superado ampliamente en calidad a Think Tank (2003), el irregular disco retorno de un Blur sin su guitarrista Graham Coxon. Este fue un disco lleno de vacíos que el bajo, los sintetizadores, y las guitarras descafeinadas muchas veces parecían forzadas a suplir. Además de poco inspirado, por mucho que estuviese inmerso en la innovación de los ritmos africanos, el disco acabó por quedar relegado a la calidad ser más un trabajo solista de Albarn que de una obra de los perros de Essex.
Consolidado el proyecto de Gorillaz, y ahora bajo la libertad (sin duda económica) de explorar los confines exóticos del World Music, inmediatamente 1 año después Albarn apareció con Mali Music. Este trabajo en realidad es difícil de considerar personal, no solo porque este escapa a los márgenes tradicionales de accesibilidad (sea trip, hip hop, punk, dub, indie, dance, de todas maneras es´algo “occidental”, no?), sino este trabajo corresponde también a la autoría de varios músicos: Afel Bocoum, Traoré, Moussa Diabaté, Kasse Diabaté, y otros.
En Mali Music, Damon Albarn rinde un tributo a los origenes de la música, pero a excepción del World Music tradicional (donde ya han incursionado artistas conocidos como Peter Gabriel y Sting) los ajustes dirigidos al formato dirigible “occidental” son acá mínimos. He allí la extrañeza que producen muchas de las canciones, donde los arreglos de post-producción y las remezclas se notan en unas contadas canciones. De hecho, varias de estas fueron el resultado de grabaciones callejeras hechas en bares y ferias, resaltando el aspecto improvisado y vivo de estos artistas africanos; percibiendose así nítido un aire carnavalesco, autóctono e itinerante.
Mali Music nació producto de un viaje de Albarn a este país de la costa oeste africana en ayuda de una fundación que promueve la música de este continente al mundo. Equipado tan solo de una melódica (instrumento de viento incoporado de un teclado, que Albarn ya había utilizado en varios discos de Blur). La tentación y el encanto al parecer fue imenso, porque el resultado de estas 40 horas de grabaciones fueron seleccionadas, remezcladas, y levemente modificadas algunas en su estudio de vuelta en Londres. Se le añadieron sonidos de teclados, percusión, guitarras, secuencias, y algunos coros, supongo para que el trabajo pareciese ser en algo de Albarn, porque salvo unos 3 temas, uno pensaría en cualquier músico, menos él.

Ahora bien, con esta un poco larga introducción, vamos por canciones:
Spoons Es una excelente, sino atípica, introducción al disco. Un corte instrumental atmosférico y oscuro, al compás de un pausado piano, y la familiar voz cansina de Albarn entonando “yeah, yeah, yeah”. Este tema trae más reminiscencias a Gorillaz que a los polvorientos poblados de Mali. Como sea, luego de Spoons, Albarn súbitamente desaparece por unos minutos y deja a los músicos africanos asumir el rol principal del disco.
Bamako City es una canción contagiosa, construída sobre una base tribal con voces impresionamente orgánicas. Este aspecto vivo y básico es mantenido intencionalmente para resaltar este ambiente de calles. Los temas pareciesen estar divididos entre la música tradicional de Mali, con guitarras acústicas, koras y griots, y los cortes instrumentales étnicos más amoldados al paladar occidental.
Makeleke comienza con una manera muy tradicional con voces africanas al frente, antes de sumergirse en viscosos rasgueos de guitarra y unas secuencias electrónicas dignas de haber sido hechas por Chemical Brothers, con loops y bases acid-house rayando en la esquizofrenia. Aparentemente sonaría horrible y sin calzado, pero es increíble cuánto logra incorporarse a la línea temática general del álbum: Un nuevo puente hacia las raíces de la música.
Sunset Coming On tiene la melancolía de los más finos momentos de Blur (1997) o “13″ (1999), sin sonar fuera de lugar. Violines, cuerdas, y la imperante melódica con un suave sabor a nostalgia, a la sensación propia que nos brinda la imágen de un atardecer, como señala el mismo título de la canción. Este es el único tema del álbum donde Albarn canta, y por tanto el más convencional,aunque la letra es bastante corta y repetitiva, ajustandose a este formato tan minimalista de la música africana. Canción memorable, y que fácilmente se convertirá en tu favorita.
On the River y Les Escrocs dan término a un proyecto cuya raíz étnica es su esencia, donde Albarn sólo añade unos pocos coros, capas de atmósferas y pianos, dandole prioridad a los instrumentos de cuerdas y vientos africanos, cargados de melancolía y nostalgia, devolviendonos a esa oscuridad inicial de Spoons.
Pese a cualquier crítica proveniente de un paladar fanático del Brit Pop, en el entusiasmo y la curiosidad no hay ningún crimen; y Damon Albarn no solo demuestra una apertura mental, sino que abre un mundo poco conocido lleno de exotismo, y con un resultado vanguardista.
Con este trabajo, Albarn ahora es un pionero del desarrollo de la música africana y el reconocimiento a figuras musicales que nada tienen que envidiarle de virtuosismo a los occidentales.
Su viaje a Mali no fue en vano.
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