Ficha Técnica:
Andy Yorke: Vocales, Letras, Guitarra principal.
Jason Moulster: Bajo, Coros.
Nigel Powell: Batería, teclados, guitarra adicional.
Virgin Records. 1998.
En una opinión estrictamente personal, el que no se sepa tocar algún instrumento, o haber estado en una banda, e incluso sin saber cantar ni a solas en la ducha, no constituyen obstáculos definitivos para improvisar, al menos un nebuloso bosquejo en nuestra mente, de algo que podamos llamar “canción”. Vale, ya debo notar un dejo de desprecio en quienes acá sepan de música; pero si continúan leyéndome permítame por favor arrojar algunos humildes argumentos.
Primero que nada, más que una dotación general en cultura del arte, tener una aguda sensibilidad estética; por ejemplo para leer, apreciar, y crear literatura. Ahora, en el plano musical, estar nutrido de un amplio bagaje de referentes, poseer un agudo sentido del oído, una gran capacidad para analizar, desmenuzar, e interiorizar en una introspectiva fase de reflexión cada matiz sonoro que pueda caracterizar una canción: sus pistas, tiempos, inflexiones, balances, etc; el saber de cuánto es capaz de aportar cada instrumento, de cómo pueden amoldarse las inflexiones líricas de la voz al entramado y lógica de las melodías, de cuánto puede extenderse su abanico de posibilidades, de cuánto se puede ser capaz, en equipo, de acoplarse, de crear texturas y matices en conjunto, en mutua dependencia. En otras palabras, un melómano, de esos que se emocionan hasta cuando suena un martillo con un clavo.
Una vez obtenidos estos requisitos, tenemos finalmente uno no menor: Con el ser una persona tolerante y abierta de mente hacia todas las tendencias musicales, creo a mi juicio que podemos sacar algo de provecho ¿y cómo?, con la siguiente situación: A solas en una habitación amplia y espaciosa, tranquila, sin mayores ruidos ni distracciones (por ejemplo, de la calle, o la televisión) , recostado cómodamente en un sofá, contemplativo, sumido en un distendido momento de abulia, de búsqueda a encontrarse consigo mismo. Ahora bien, este espacio intimista posee una sola conexión, que impide un absoluto hermetismo: Tu habitación está contigua a dos o más piezas, de las que provienen diferentes canciones insertas a su vez en un hermetismo roturado sólo por una puerta como abertura; así, tenemos que de estas piezas emanan distintos ecos, que se repliegan, retrotraen y proyectan en caprichosas mixturas hacia los más profundos recovecos de tu imaginario musical, abriendote enteramente la posibilidad de bosquejar improvisadas melodías; y lo más interesantes, sin tener que recurrir a esos, a veces tediosos artificios metódicos, con esa sesudez tan característica de los músicos compulsivos.
Ahora bien, ¿Qué tiene que ver esta -ootra vez- improvisada teoría musical con el disco que cito acá?. Pues que al escucharlo tranquilamente en mi pieza, inconscientemente me representé la imágen de estar en una situación como la que mencioné: Ecos del Radiohead de sus primeros dos discos (temas como Bullet Proof, Street Spirit, Thinking About You, I Cant, High & Dry, Fake Plastic Trees, etc), la melancolía de Smiths (Well I Wonder, I know its over, Stretch out and wait, Back to the old House), Travis (Sing), R.E.M, Jeff Buckley, e incluso (me van a pegar) Audioslave y los Pearl Jam del Riot Act. Sin embargo, ojo, no estoy diciendo que esta banda sea un reciclaje y ensamblador ecléctico de collages y patisches de los referentes citados, todo lo contrario, nos encontramos acá con unos verdaderos pioneros de las futuras tendencias que marcaron la vanguardia británica post-Radiohead-The Bends; ya que de hecho, la primera influencia clara de Radiohead-The Bends la tomamos con el primer disco de Coldplay, y esta fue, en 1999.
Como habrás podido apreciar, el apellido del vocalista es bastante sospechoso, y lo es, porque -quizás no tenías idea- pero Andy Yorke es el hermano menor de Thom Yorke. Sin embargo, más allá de las diferencias físicas (no es bajito, sino alto y robusto, y no tiene un ojo caído), su influencia se acota exclusivamente a la extensión emocional (las similitudes vocales a ratos recuerdan bastante al Yorke de The Bends), y la declinante y melancólica contemplación de las relaciones afectivas. Su voz es más grave, más “aterrizada”, quizás parecida al Yorke del Pablo Honey, al Jeff Buckley de Grace, o al Michael Stype de Out of Time.
En lo que respecta al contenido de las letras, Andy Yorke no aborda la mueca existencial en la que está anclado su hermano, ni expone crípticos pasajes pseudo intelectuales cimentados en la crítica ácida al contexto del hombre de su tiempo: alienado, individualista y sin artificio, ensalzazado a través de un remolino de atmósferas progresivas y psicodélicas, propias del complejo universo sonoro de OK Computer y Kid A.
Aquí no tenemos eso, solo baladas y medio tempos sencillos y sinceros, evocadores, de una melancolía sutil; tímidamente inserta en un contexto declinante y brioso, que te da la sensación que en la intimidad de tu habitación las paredes se vuelven grises, las luces se atenuan, y afuera la lluvia cae fina deslizandose un rocío por la mohína claridad de la ventana. En síntesis, sin ser atmosférico, nos envuelve en una bruma taciturna, en sepia, pero más otoñal que sombría, más nostálgica que pesimista.
Las letras nos cuentan sencillas historias, rememoran indagaciones idealistas de ligazones afectivas, pasiones tiernas e inocentes, evasiones de amantes, o momentos de pareja marcados por el disfrute del afecto común. Con esto no quiero decir que las letras sean del tipo Te quiero yo/ y tú a mí/ ay, qué linda la primavera. No, como debería ser un miembro de la familia Yorke, las letras están cuidadosamente trabajadas en metáforas. Así, en baladas de medio tiempo como Higher than Reason (futura inspiración para lo que luego haría Travis?) el autor sutilemente elabora una comparación entre la marchita imágen de una parroquia abandonada por el tiempo, la naturaleza y la historia, con el sentir de su corazón ante el inminente abandono de la pareja. Poesía de lo sencillo. Así, en el contenido general de las canciones, notamos un dejo creciente de roturación sentimental entre las relaciones, de sensaciones cada vez más evidentes que no hay salida ni solución (Solved), pero de que aun hay una luz de esperanza bajo ese tormento de desazón. En suma, a lo largo de todo el disco encontramos sutiles exploraciones de los conflictos afectivos sin rayar en la obsesión compulsiva, ni en la catársis declinantes de la propia autoestima, todo es luz y sombras, todo es otoño e invierno. Todo pareciese ser ocaso, pero lo sincero de las inflexiones vocales, ensalzadas por bases acústicas sinceras y sin mayores pretensiones de crear atmósferas épicas, envolventes o etéreas, nos hace pensar que tras este lúgubre escenario de otoño, aún hay una luz que se resiste a marchar. El aliento del nombre de la persona amada empaña el vidrio grisáceo por el que se deslizan las gotas finas de la lluvia, pero aún puedes escribir sobre él el nombre de la persona que amas, porque aún no se ha marchado.
Para concluir, un début y casi despedida de un disco que quedó perdido no solo por el eclipse que significa ser hermano de un músico famoso y del engullimiento de un disco histórico (Ok Computer), sino que por ser un trabajo adelantado a su tiempo, profeta no en su propia tierra (el indie y el folk-rock ascendia más en Norteamérica que Inglaterra), y perdido entre la vorágine de bandas prodigio y pseudo pretenciosas que hubo en un comienzo tras la estela del rock progresivo, la electrónica vanguardista, el house, y la neo psicodelia. Un disco y una banda que pudo haber hecho mucho más si se hubiese situado en el nuevo contexto del post-brit pop, pero que terminó ahogado en la propia subvaloración e inconformismo de lo hecho. Una lastima, Andy Yorke, espero que regreses con tu proyecto.
Si llegaste hasta acá, te lo agradezco profundamente. Aquí tienes tu premio.
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